lunes, 21 de enero de 2013
el regalo
Como cada mañana Déne se enfrentaba la odisea de ser niña en el Chad y solo por ello estar a la cola de las posibilidades de sobrevivir en el planeta. Su madre, Seté, lo sabia, por eso cuando se entero que los médicos habían venido al hospital de Yamena, bañó a su bebe de nueve meses con agua de té, la arropó con la manta azul que alguna vez había sido de la abuela muerta a los 17 años, el gorro tejido del mismo color y una camiseta verde con una estrella roja que había pasado ya por tantos pechos desnutridos, que el resto del dibujo era difícil de adivinar. Déne y Seté se encaminaron hacia el sur, su estampa frente al blanco paredón de la mañana era la imagen misma de la dignidad y la polvorienta calle de Bebedja que recorrían, el escenario de una nueva gesta por la vida, en un país en el que se lucha de forma heroica contra los elementos naturales, pero especialmente contra la crueldad de los hombres. La mezcla de ambos escribe el destino fatal de bebé como ese que llevaba a la espalda y cuyos pies desnudos se balanceaban a ambos lados de su espalda como si fuesen las manecillas una brújula desbocada, pero que a la sombra de Seté encontraba ritmo y refugio, porque allí atrás al refugio de esa sombra milagrosa, se respiraba la única humedad que había en la tierra, la del sudor de su madre, que manaba como una prueba de vida y le daba toda la tranquilidad que necesitaba. Esa mujer recia como una árbol y que con solo 27 años acumulaba 10 embarazos, de los que solo conservaba a Déne y a su hermano de tres años Kogui. Los demás habían caído abatidos en esa guerra que se libra a diario en rincones del planeta como el Chad, unos de malaria, otros de gastroenteritis o infecciones pulmonares, bajas propiciadas por un alimento insuficiente, por una vacuna que nunca llegó, por un mosquito anónimo y maldito
Pero esta vez Seté no iba a permitir que a su bebé le pasara lo mismo, nada permitiría que su pequeña fuera a reunirse con sus hermanos, que ya no estaban. Esta vez sería diferente. Dene estaba predestinada a tener otra suerte, no porque estuviese escrito en ninguna parte, sino porque a ella Sete Mouliba de Mbeti, Chad, no le daba la gana que se fuese aún a trabajar con Dios. Ella con todos sus huesos y su poca carne y atada por las venas a esta tierra, se revelaba contra la muerte. Ella Sete Mouliba y no otra, declaraba inaceptable en nombre de la vida que el destino de su hija estuviese escrito y por eso dirigía sus pasos cada vez más decididos hacia el hospital, para al menos intentar poner una coma en él, una que le diera una oportunidad, una esperanza. Había llegado una misión humanitaria de médicos de Europa, a trabajar durante unos días en el hospital de los misioneros.
El calor se hacia insoportable, además se respiraba lluvia del desierto, esa neblina de polvo que venia del Sahara, y que abrasa la nariz y la garganta hasta hacerlas sangrar. Algunos decían que cada grano de polvo del aire era un niño que había muerto y eso, pensaba Seté, explicaba porqué se le metía dolorosamente en los pulmones a cada inspiración, de los desheredados de la tierra. Intentaba no pensar en lo que decían otros, que la lluvia del desierto eran niños muertos que venían a llamar a otros niños.
La entrada del hospital se adivinaba a unos cientos de metros. La garita con los dos perennes porteros estaba cerrada y seguramente le cerrarían el paso y le impedirían entrar. Pero Seté tenia un plan intuitivo e infalible. Empezaba por decir que su bebé estaba enferma y que la traía para que la vieran los médicos españoles..
Al llegar a la oxidada puerta, el que parecía el más joven de los hombres le preguntó de forma despectiva a dónde iba. Sete con voz angustiada le dijo que su hija estaba muy grave. El hombre miró la cara empapada en sudor del bebé durmiendo y sin arriesgarse a dar unos de sus habituales diagnósticos la dejó pasar, principalmente por la cara de angustia infinita de la madre.
Una vez dentro del hospital Seté se abrió paso por una muchedumbre de pacientes venidos de todos los rincones del sur del Chad, algunos de ellos llevaban días acampando en el lugar, esperando a ser atendidos. Había gente de diversas etnias y se hablaban multitud de dialectos. Algunos incluso venían con sus animales y pertenencias. Pues al emprender el viaje no sabían cuando volverían y en el Chad la ley de la supervivencia incluye de manera habitual el robo. Las pertenencias solían ser algunas ollas, telas, herramientas para arar la tierra y amuletos.
El pequeño y viejo edificio donde se pasaba la consulta de pediatría parecía muerto, en cambio la zona de urgencias donde pasaban consulta los oftalmólogos parecía infranqueable, con varias filas de pacientes rodeando la construcción.
Hacia allí se dirigió Seté, pero al intentar ponerse en la fila le dijeron que ya estaban dados todos los números de ese día y del siguiente, que esa fila era para intentar una cita tres días mas tarde.
Seté llevaba una bolsa de plástico en la mano con algo de mijo y una pequeña botella con agua para la niña. Tendría que regresar ese mismo día a casa, no tenían comida para sobrevivir tres días allí. Y no podía contar con la caridad de nadie, la multitud que la rodeaba estaba tan hambrienta como ellas.
Le dio la vuelta al edificio varias veces estudiando las posibilidades. Su mente analfabeta pero brillante en el arte de la supervivencia analizó rápidamente la situación. De nuevo el ingenio que surge de la pobreza le impulsaba hacia una nueva audacia.
Por una de las ventanas de la parte posterior se podía ver a uno de los dos médicos pasando consulta. Miraban a los pacientes con unos aparatos muy extraños. La gente abría los ojos desorbitadamente como si en ello les fuera la vida. Muchos estaban ciegos por cataratas o tracoma a pesar de ser relativamente jóvenes. Había muchos más hombres que mujeres, porque se les daba preferencia a pesar de los esfuerzos de los médicos por ver el mismo numero de personas de ambos sexos. Los mismo enfermeros nativos no terminaban de entender porqué tanta insistencia en ver mujeres y niños cuando no habían terminado de atender a los hombres.
Seté sacó a la niña del la tela con la que la sujetaba a la espalda, Déne dormía placidamente ayudada por la hipoglicemia y el calor. Se acercó con cuidado a la ventana y antes de que nadie se diera cuenta la alzó en brazos y la introdujo con cuidado por el pequeño espacio que había.
El médico estaba de espaldas sentado en el microscopio viendo los ojos a un hombre muy anciano cuando sintió en su espalda el roce de los piecitos del bebé. Se giró asustado pensando que se trataba de alguna alimañaza que había entrado desde el descampado. Su sorpresa fue encontrarse con la cara mofletuda de esa pequeña princesa negra con su gorro de lana a pesar de los mas de 40 grados de temperatura, envuelta en un manta azul y con una camiseta verde raída con una estrella roja en el pecho. Lo que no sabía el hombre era que la mujer que la traía era Seté. Seté y no otra, la mujer anónima, invisible para su país, inexistente para la cooperación internacional y una simple estadística para el mundo civilizado. Ella, Seté , Seté y no otra, se había negado a que su hija corriese la misma suerte de miles de niños Chadianos que estaban a punto de irse a trabajar con Dios por todo el país o como se le quier a llamar a la tensa coraza de ese infierno en cuyas entrañas hay una maldición llamada petróleo y en una reseca coraza en la que la quinta parte de los niños se convierten en lluvia del desierto con solo nacer.
Durante un segundo el médico se quedó paralizado mirando el libro de magia escrito en la cara del bebé, luego se vio reflejado con toda su perplejidad en los enormes y angustiados ojos de la madre, finalmente por reflejo extendió los brazos para coger al bebé.
A sus espaldas, la enfermera Chadiana le gritó algo en el dialecto gambiano a Seté, pero ésta tras comprobar que Déne estaba segura, se dio la vuelta y echó a correr. El medico se quedó viendo a Déne dormida en sus brazos, sin entender nada. La enfermera salio corriendo si dar explicaciones en persecución de Seté .
El calor del cuerpo de Déne contagió al médico de una paz repentina e indescriptible, como si ese cuerpo diminuto y las circunstancias absurdas de su presencia allí tuviesen un significado profundo y brutal.
La respiración tranquila y la paz de ese pequeño rostro dormido llenaron la habitación de vida y de luz. La mente del hombre cruzó la barrera del tiempo y por un instante intuyó el ritmo mortal de esas tierras donde sólo los misioneros permanecen y en la que él un intruso, un extraño cuya verdadera misión acababa de empezar de la mano de esa niña que dormía.
Pasaron unos minutos eternos, el polvo del desierto suspendido en el aire entraba ingrávido por la ventana. El médico instintivamente la cerró. Déne permanecía inalterable, irradiando una inocencia majestuosa, una ternura infinita.
Finalmente la enfermera regresó sudorosa, traía de la mano a Seté que lloraba impotente intentando escapar.
El médico le pidió a la enfermera que le preguntara a la madre que era todo ese numerito de pasarle el bebé por la ventana y salir corriendo. La enfermera le contestó de forma escueta: Quiere que usted se la lleve a Europa . Le ruega que la saque del Chad para siempre, para que no muera aquí como sus otros hijos. Además dice que esta sana y va a ser cariñosa.
El médico sintió un peso como el de un templo en el pecho. Esa mujer era la personificación de la miseria absoluta, una madre que renunciaba a su hijita y que se la daba a un desconocido . simplemente porque con él tenía mas posibilidades de sobrevivir. La renuncia total, el amor total. La última y desesperada solución porque a pesar de sus esfuerzos sobrehumanos, la pobreza y la enfermedad las perseguirá a ellas y a sus hijos por todos los rincones del infierno en el que les ha tocado vivir. El drama de millones de madres del mundo entero acababa de entrar por esa ventana.
Aquella tarde el médico terminó la consulta de forma automática, la avalancha de pacientes que vino después no consiguió borrarle la mirada de la madre, el calor del cuerpecito entre sus brazos., donde ahora sentía una oquedad inconmensurable, como si con ellos hubiese acunado a un millón de niños que ya no estaban.
Esa tarde se quedó mirando durante mucho tiempo el horizonte. Se veían densos nubarrones de lluvia del desierto que se acercaban por los cuatro costados, Columnas enormes como ejércitos lentos e inexorables. Supo que tenía que hacer algo. No era suficiente ser médico.
Al unos cuantos kilómetros de allí tumbada sobre el suelo de tierra de su casa, estaba Seté, Seté y no otra, con sus dos niños, con la mirada perdida en el agujero negro del techo de paja que se devoraba todos sus pensamientos. Déne jugueteaba con sus pies y koguin escuchaba la única música que conocía, la del pecho de su madre en la oscuridad, donde no había latidos sino el eco de la risa y el llanto de todos sus hijos, los dos con lo que aún hacia el camino diario de la vida y los ocho con los que ya había emprendido el viaje hacia la inmortalidad
Chad, Enero, 2013
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario